Eva me tocaba en el hombro; esto está muy concurrido.
Los dos nos quedamos como chismosos hasta el final de aquella representación, hasta que por fin fueron pagando y se fueron marchando  y nos quedamos a solas.
Dos animales insignificantes.
Sólo fue una pregunta, ya se habÃa hecho tarde y se emplazaron mejor para otro momento: ¿Cómo serÃa el mejor viaje del mundo?
Trataré de reproducir fielmente lo que escucharon mis oÃdos.
Seguramente como es: un viaje en compañÃa del enamoramiento y del amor, bajo la lluvia y sobre las piedras, también. Resbaladizo.
Un guiño a lo invisible, una plegaria a la virgen, una bocanada de oxÃgeno sobre el Altiplano de Bolivia o la mirada del mundo desde el Everest, pero con los dedos congelados.
Una aventura colosal cotidiana, no unas vacaciones sino un cambio trascendente desde las raÃces hasta la conciencia.
Encontrar unas coordenadas humanas, partir y sufrir, apasionadamente.
Perdernos y encontrarnos, conocernos y reconocernos en los otros pasajeros y paisajes, y reconciliarnos con las diferencias; humildemente pedir asilo a cambio de plática.
Compuesto por los pequeños placeres, los envoltorios olvidados de los grandes regalos que la mayorÃa pudiente le exige a la vida, por los infinitos tiempos para gozar y reÃr. Saltar y esperar y temer y reflexionar y cambiar.
Un viaje que nos permita ser madres y que nos recuerde que somos Tierra, que creamos vida, que tenemos el don de reproducirnos y la obligación de enseñar para sobrevivir y subsistir en la hostilidad y crueldad del entorno salvaje, con cada ciclo, en cada paso, poco a poco.
Un camino que nos cuestiona sobre la esencia, sobre los elementos que nos acercan a nuestras culturas, a nuestras lenguas y a las músicas de nuestros ancestros.
En definitiva, la vida en común- las letras de las canciones que cantamos cuando estamos de buen humor.