Crueldad

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VIOLENCIA MACHISTA

Vivimos en una sociedad machista.

Es algo inexplicable, ¿inevitable? que escuchamos muy a menudo,

por la calle y en los medios.

¿Estamos acostumbradas?tenemos que seguir luchando.


Estamos todas muy de acuerdo, por supuesto las feministas, pero también algunos hombres que no voy a felicitar porque no los conozco, personalmente. Esos hombres activistas, según los cuentan las estadísticas, que se han visto afectados (directa o indirectamente) por algún tipo de violencia, más o menos extrema y perpetuada: en sus colegios, en sus casas, en las iglesias, con sus mamás… Algún tipo de shock brutal y cruel ha amplificado su conciencia: son capaces de tener empatía con las mujeres, sin ser mujeres. También con sus mujeres, hermanas e hijas. Y sufren.

«Los otros hombres» simplemente reproducen y amplifican algún tipo de comportamiento primitivo, nocivo y bélico contra la mujer. Alguna tradición.

También las estadísticas dicen que es verdad: existen madres, esposas, hijas, hermanas, maestras de escuela, profesionales independientes…que ejercen violencia gratuita contra algo o alguien, de manera a veces inexplicable. Véase la cantidad de relaciones tóxicas dentro de la familia que tienen como centro a «la abuela», por ejemplo en algunas redes sociales como Facebook y sus «memes».

Las estadísticas hablan solas: ¿alguien las escucha?


Cuando sucede un caso más de violencia de género, cerca en Igualada, recordamos el machismo y nos duele mucho. Son muy difíciles de entender las lesiones, los asesinatos, las violaciones, los insultos, las vejaciones … que sufrimos las mujeres, también nuestras hijas. Es decir, se perpetúa entre generaciones.

No conseguimos acabar con la barbarie.

Sólo algunos violentos después de asesinar, se suicidan.


No debe ser nada fácil acompañar a una hermana, a una madre, a una hija, a una víctima de la crueldad extrema de los hombres, de sus guerras de sangre por el poder, del menosprecio, de sus vicios, de sus manos sucias. ¿Qué decir? Salvo que «Vivimos en una sociedad machista».

Escribimos, leemos, estudiamos, analizamos estadísticas… Hacemos reportajes y denunciamos. Combatimos, políticamente. Siendo todas herramientas poderosas para agitar conciencias, para estos shocks eléctricos de los que hablamos a menudo, es muy diferente cuando el grupo de las víctimas es una mera segmentación teórica, de entre todas las mujeres mayores o menores de otra segmentación por edad, que cuando es tu vecina la de enfrente.

Cuando sucede dentro de tu propia familia, cuando eres tú el que agredes.

Tú,

¿A quién le agredes con tus acciones, con tus palabras, con lo que eres?


Cuando existe una relación de primer grado entre el agresor y el agredido.

¿Te agredes?


Ahí adentro, en tu intimidad, todo lo que has leído puede servirte, también lo que has escuchado, estudiado, la mujer y madre en que te has convertido.  También tu abuela, las clases de yoga, los maestros budistas, tu psicóloga o coach personal, una amiga,

Sócrates y tu enfermera del centro de salud… Escoge bien a la sociedad que te ayude a soportar un sufrimiento que viene de fábrica.


A la hija de una víctima, urge sanarla con mucho AMOR: es la herramienta más poderosa de nuestros ejércitos. Cultivarlo y proporcionarlo a manos llenas. Debemos acompañarla, arroparla, mimarla con muchísima paciencia, respetando sus tiempos. Estar físicamente a su lado, acogerla entre nuestros brazos y llorar con ella. Esperando que tanta agua salada, cure algún día sus heridas. Individualmente y colectivamente con el paso de los días, de los años…etc.


Entiendo que nos debamos segmentar para entendernos, porque pareciera que todo es más sencillo y que funciona racionalmente, pero yo creo que construimos ficciones alejadas del suelo que pisamos,

y a veces nos estallan en la cara. Son los espejismos de cada persona + sombras y contradicciones.

No somos seres coherentes,

soñamos despiertos y a veces nos creemos en posesión de una verdad universal.


Hombres y mujeres, agresores y víctimas, violentos y muertas. No sé si deshumanizarnos para tratar casos como meras estadísticas e informar en los medios sobre las evoluciones, nos esté aportando gran cosa. Entiendo que los números en los que nos convertimos, puedan aportar luz en los Ayuntamientos.

Se cuantifican las ayudas y se evalúan los efectos de algunos planes estratégicos del Ministerio de Igualdad. En general, apoyo las matemáticas; pero constatar la violencia sólo en números tiene ya muchísimo recorrido y sin embargo el cambio que necesita esta sociedad, que trata a la mujer de manera desigual, sabemos que se tiene que transitar por cielo, mar y tierra, cada día, respirando. Con cada decisión individual de cada una de nosotras, juntas y por separado.

Apoyarnos, acompañarnos, comprendernos, también es necesario para la transformación.

El cambio no llegará tan sólo cuando cambien «los otros hombres».

El cambio también llegará cuando yo cambie.


Las colisiones de un Universo en continuo movimiento nos sacudirán, una vez y otra, esto es inevitable.

Nos agitaremos y nuevos compuestos nacerán, otros permanecerán, así son las fuerzas que nos rodean: constantes, destructivas y constructivas, infinitas.


No somos números, estamos implicadas y somos responsables, alteramos nuestras realidades. El cambio está dentro de nosotras: entender y cuidar de los violentos, aunque nos joda, sobre todo si son mujeres.

La violencia se cura con mucho amor y paciencia. Es mucho más sencillo destruir que construir, en cuestión de tiempos. Debemos acordar unas reglas morales para ser en sociedad, albergar esperanzas entorno a nuestro futuro, aunque no tengamos certezas, practicar la bondad y la compasión.

Cuidarnos y también mirar al cielo, escuchar muy adentro. Sondear en nuestro pasado.

De la mano, podremos ser mejores y aspirar a ser libres.


Menor Violada en Igualada